*Por Mgtr Augusto Ignacio Rolando
Antes los liderazgos se medían por los votos y la oratoria; hoy también se miden por la capacidad de procesar y comprender información compleja. La Inteligencia Artificial, a diferencia de otras disrupciones tecnológicas que moldearon la política, no es una herramienta más: es una nueva forma de poder. Quien entiende los datos, entiende la sociedad.
Ninguna generación política anterior tuvo que aprender tan rápido a trabajar con herramientas tan sofisticadas. Cuando empecé a participar políticamente hace 12 años, recién aparecía Instagram; hoy no concibo mi trabajo como concejal sin chatear a diario con la IA. Ya soy del grupo que tiene la pestaña de ChatGPT fija: todo lo que redacto lo consulto al chat de Inteligencia Artificial.
Está transformando las bases del liderazgo porque nunca en la historia contamos con una herramienta que haga tantas tareas tan rápido. Por un lado, simplifica, en mi día a día realizo investigaciones sobre legislación comparada con Perplexity, edito fotos con FreePik, preparo diapositivas con GAMMA, proceso miles de datos con ChatGPT. Lo que antes podría llevar meses, hoy lleva minutos.

Y esto es solo el comienzo. Avanzamos hacia la IA Agente que es capaz de realizar tareas con mínima intervención humana dejando espacios en las agendas para conversar de manera profunda en lo que llamamos los “rituales de pensamiento asistido”, como dice Pablo Sona en su libro Liderar con IA, donde nos sumergimos en conversaciones profundas con las máquinas.
Pero la política trabaja con personas. Los datos son historias, personas, rostros, sonrisas y a veces lágrimas. Detrás de cada dato hay una familia en una ventanilla, un comerciante que espera una respuesta o un joven buscando una oportunidad. Nuestra responsabilidad es aprender a procesar datos sin perder de vista esos rostros, ni la empatía que nos trajo hasta acá.
La IA procesa datos, la política debe seguir procesando humanidad. La experta Rebeca Whang propone una pregunta central, ¿En qué aspecto podemos (como líderes) expandir nuestra humanidad? Porque la IA va a seguir expandiendo su capacidad.
La respuesta está en sostener una tecnología respaldada en valores, la empatía para que los datos no nos quiten sensibilidad, ética para que los datos sean usados con responsabilidad y visión social para generar valor público y comunitario.
Creo que tenemos que afrontar un proceso de alfabetización digital política, que nos permita leer datos, comprender algoritmos y dominar las narrativas digitales. No se trata solo de incorporar herramientas, sino de repensar cómo lideramos.
¿Cómo hacerlo? Poniéndolo en agenda, formando equipos, realizando encuentros con profesionales, modernizando nuestras estructuras. En Rafaela ya realizamos dos talleres sobre inteligencia artificial aplicada a la gestión pública y legislativa en el Concejo Municipal, y las repercusiones demostraron algo claro: hay sed de aprender, pero falta guía.
Los líderes jóvenes somos el punto de partida de la transformación digital. La innovación baja como el agua: si los líderes no se convencen, las estructuras no se transforman. Quien no se sume a este proceso no solo perderá una herramienta poderosa, sino también información, porque la vida cada vez más pasa por la pantalla y el algoritmo.
La consecuencia natural de esta transformación será un choque de liderazgos: el liderazgo basado en la experiencia versus el liderazgo basado en el aprendizaje permanente.
El modelo tradicional se apoyaba en la acumulación de experiencia y autoridad; el modelo emergente se apoya en la capacidad de aprender, probar y adaptarse más rápido que los demás. Hoy liderar no es solo tener respuestas: es hacer mejores preguntas y aprender antes que decidir.
La experiencia sigue siendo necesaria, pero una mentalidad abierta y una lectura interpretativa de la información son las que nos permitirán desarrollar esa plasticidad cognitiva que demanda la época. Porque, al final, el poder de la inteligencia artificial no está en lo que predice, sino en lo que decidimos hacer con esa predicción. Y ese poder, el de decidir con humanidad aumentada, sigue siendo profundamente político.
